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La competición está en nuestros genes. Y aunque no queramos reconocerlo nos dominan hasta llegar a controlar nuestras pasiones más ocultas. Hacen crecer en nosotros un deseo incontrolable por la belleza y por perpetuar nuestro linaje. Pero para ello no basta con ser atractivo, tienes que poseer personalidad. Y el Ibiza la posee a raudales.
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